5 de junio de 2026

La Primera Batalla por Santiago, 30 de marzo de 1844

Después de la infructuosa misión encomendada al general Juan Pablo Duarte, el 21 de marzo de 1844, por el ala liberal de la Junta Central Gubernativa de sacar a la armada expedicionaria del Sur del estancamiento operativo en que la había sumido el medroso general Pedro Santana. Solo le quedaba a la incipiente República inclinar sus esperanzas de supervivencia en el denuedo defensivo del ejército del Norte.

Por ende, la victoria obtenida por las armas dominicanas en los reductos que defendían la ciudad de Santiago, el sábado 30 de marzo, garantizó la pervivencia del Estado-nación dominicano, durante la primera campaña de la Guerra dominico-haitiana. Erradicando dicho triunfo, el espíritu derrotista que había enervado a la colectividad dominicana producto de la derrota operativa acaecida en Azua y al marasmo ofensivo en que había sumido Santana al ejército del Sur.

El 23 de marzo de 1844 la división del norte comandada por el general Juan Luis Pierrot, gobernador de Cabo Haitiano, atravesó las fronteras del naciente Estado dominicano por Dajabón recorriendo la ruta trazadas por otras incursiones militares haitianas en la zona de operaciones del norte del país.

Por lo tanto, el eje de avance de Pierrot marchó con cautela por la sabana de Beller desalojando, el 27 de marzo, en Talanquera a las avanzadas dominicanas comandadas por el general Francisco Antonio Salcedo, las cuales estaban compuesta por quinientos combatientes. Por consiguiente, las sucesivas emboscadas sufridas por la división Pierrot y el repliegue de la columna de avanzada en orden dieron tiempo a que los defensores de la ciudad de Santiago prepararan en dispositivo de defensa en torno a la ciudad homónima.

Debido al avance de la división haitiana del Norte, en la ciudad de Santiago reinaba el nerviosismo y el caos; lo cual fue agravado por la defección del delegado de la Junta Central Gubernativa el general Matías Ramón Mella hacia San José de las Matas; y el abandono poco marcial del gobernador Felipe Vásquez de la ciudad, aduciendo razones de salud.

Sin embargo, el orden fue restablecido, en Santiago, con la designación del coronel de, origen galo, José María Imbert el 27 de marzo de 1844. Quien con marcado liderazgo organizó las tropas colecticias venidas de todos los rincones del Cibao, junto a las tropas de línea del regimiento 33 comandado por el coronel José Nicolás Gómez.

Acondicionando los fuertes Dios, Patria y Libertad; los cuales se reforzaron con fosos, trincheras y una media brigada de artillería comandada por el capitán José María López. Designando, al mismo tiempo, el coronel Imbert, a otro veterano de ascendencia francesa, el coronel Pedro Eugenio Pelletier como jefe de la línea de defensa santiaguera.

Distribuyendo, posteriormente, en dicho dispositivo defensivo las tropas a su mando de la siguiente manera: en el ala derecha, el Fuerte Dios, una pieza artillera de ocho libras, reforzada por el Batallón la Flor de Santiago comandado por el coronel Ángel Reyes; el centro, el Fuerte Patria, estaba defendido por un cañón de cuatro libras; mientras que el Fuerte Libertad fue reforzado con una pieza artillera de dos libras, estando parapetados en dicho recinto amurallado las milicias de San Francisco de Macorís, mandada por el capitán de ascendencia francesa Achille Michell.

Mientras que la compañía de andulleros de Sabana Iglesia, comandadas por el capitán Fernando Valerio, emboscada en el cementerio viejo, defendía el camino que comunicaba a Santiago con la Otra Banda, en el flanco izquierdo del Fuerte Libertad. Por último, la retaguardia de la línea de defensa santiaguera estaba ubicada detrás del Fuerte Libertad y estaba liderada por el coronel Francisco Antonio Salcedo.

Curiel, Pedro Eugenio. «Relato sobre la primera batalla por Santiago» en Guerra dominico-haitiana: documentos para su estudio, Emilio Rodríguez Demorizi comp. Santiago: El Diario, 1941.

En la tarde del 29 de marzo, la división Pierrot se dividió en “…dos columnas de cerca de dos mil hombre cada una… (Curiel 1941, 93)” a la altura de Hato del Yaque: la columna de la derecha, comandada por el general Saint Louis, vadeó el Río Yaque por el paso de La Herradura, pernoctando en la Otra Banda a orillas del río antes mencionado, en el Paso de la Canoa; la columna de la izquierda liderada por el general Juan Luis Pierrot franqueó el río por un paso al norte de La Herradura siguiendo el viejo camino de Navarrete acampando, posteriormente, a orillas del arroyo Gurabo al noroeste de Santiago.

Al alba de la mañana del 30 de marzo los exploradores, Bergés y Frómeta, enviados por Imbert para sondear las posiciones haitianas le informaron a este coronel la ubicación de las columnas haitianas.

A las 11:00 horas del día de la fecha los regimientos haitianos al mando del general Saint Louis vadearon el Yaque, por el Cruce de la Canoa, precedidos por la caballería y sin apoyo artillero se aprestaron a atacar las defensas del Fuerte Libertad, en formación cerrada y con los fusiles al hombro.

Colisionando estas unidades de batalla con las vanguardias dominicanas, emboscadas en el cementerio viejo, las cuales, siguiendo las directrices del modo de guerra irregular montero, las recibieron con vivo fuego de fusilería y posteriormente con la carga de los andulleros a bote de lanza y golpes de machete. Lo que determinó que las huestes haitianas huyeran del combate dejando en el campo de batalla a muertos y heridos.

En esta tesitura (Llenas 2007) nos documentaba que:

Una de sus tropas, habiendo intentado penetrar en la población entre el fuerte de ‘‘Libertad’’ y el Yaque, Valerio le salió al encuentro y después de una lucha heroica, los hizo retroceder destrozados por el machete dominicano. Por fin, viendo su vanguardia casi destruida, Pierrot mandó retirar sus soldados. Una gran parte de éstos, al vadear el Yaque, que estaba entonces crecido, fueron atropellados por su misma caballería y perecieron ahogados (204).

Llenas, Alejandro. Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Santo Domingo: Búho, 2007.
En la segunda fase, la diezmada ala derecha haitiana se movió hacia el noroeste, bajo fuego artillero, para aunar fuerzas con la columna de Pierrot, iniciando el alto mando haitiano dos ataques tipo mazazo contra el Fuerte Dios, los cuales fueron repelidos por el fuego de artillería y fusilería. Vulnerando el general Pierrot los principios, de la guerra, de economía de fuerzas y de masa al lanzar a campo abierto sus regimientos en formación cerrada, los cuales fueron diezmados por la artillería cibaeña.

En consonancia con lo antes referido, (Imbert 1941) relataba lo siguiente:

El enemigo habiendo así reunido todas sus fuerzas, atacó entonces a nuestra derecha tan furioso, que una docena de ellos vinieron a expirar al pie de nuestra batería de derecha, muertos por nuestros fusileros. esta pieza hizo sufrir grandes pérdidas al enemigo; pero aunque rechazado Por última vez se presentó en columna cerrada, y nuestra artillería dejándole avanzar de frente, la pieza de la derecha tiró con metralla sobre esta masa e hizo al centro un claro espantoso, la pieza de izquierda ejecutó lo mismo y ocasionó al enemigo igual destrucción, de modo que la cabeza de la columna hasta su centro, fué reducida como a veinte hombres, que nuestros soldados de la batería de derecha acabaron a tiro de fusil (94).

Imbert, José María. “Parte oficial sobre la primera batalla por Santiago “en Guerra
dominico-haitiana: documentos para su estudio. Emilio Rodríguez Demorizi
comp. Santiago: El Diario, 1941.

Estos ataques infructuosos dieron por terminada la refriega a las 16:30 horas, después de una escabechina de más de cinco horas que demolió el ímpetu ofensivo de la división Pierrot.

Sin embargo, las desgracias para las fuerzas expedicionarias haitianas no terminaron aquí, pues, después del parlamento entre los delegados dominicanos enviados por Imbert y los representantes del incapaz Pierrot. El general haitiano recibió la noticia falsa que anunciaba la muerte del presidente Hérard; entonces picado este por la ambición política abandonó muertos, heridos, e implementos de guerra y se retiró a marchas forzadas hacia Cabo Haitiano.

Siendo su centro y su retaguardia diezmados por las guerrillas de Bartolo Mejía y Francisco Caba los cuales terminaron por destruir lo que quedaba de la orgullosa división haitiana del Norte. Haciendo referencias a las bajas sufridas, el coronel Imbert relataba en su parte de guerra que:

El enemigo no dejó en el campo de batalla menos de 600 muertos, y según el efecto que produjo la metralla, el número de sus heridos ha de ser mucho mayor, el camino que sigue en su retirada no es sino un vasto cementerio. Por una protección manifiesta de la Divina Providencia, el enemigo ha sufrido semejante pérdida sin que nosotros hayamos tenido que sentir la muerte de un sólo hombre, ni tampoco haber tenido un sólo herido. ¡Cosa milagrosa que sólo se debe al Señor de los ejércitos y a la justa causa (Imbert 1941, 95)!”

Es altamente improbable que en un combate de más de cuatro horas uno de los contendientes, resultara simplemente con una baja por herida, mientras que, el otro bando sufriera cientos de muertos y heridos. Por más protección que dieran los fuertes, Dios, Patria y Libertad, como multiplicadores de poder y el fuego mortífero de la media brigada de artillería emplazada en dichos acantonamientos.

Sin embargo, el oficial francés Lemonnier Delafosse nos narra una escena similar ocurrida durante el sitio que le tenían las huestes del general Dessalines a la ciudad de Cap. Francais, en noviembre de 1803, donde un batallón de soldados negros atacó en formación cerrada un reducto fortificado defendido por cuatros piezas de artillería, siendo diezmado, dicho contingente, por la metralla vomitada por dichos cañones.

En este tenor, (Lemonnier Delafosse 1946) documentaba que:

He visto marchar sobre un reducto, a una columna cerrada, descalabrada por la metralla de cuatro piezas de artillería y no dar un paso atrás…Mientras más caían, más aumentaba el valor de los otros… Tres veces aquellos valientes, con el arma al brazo, avanzaron sin disparar un tiro; y cada vez fueron rechazados y no abandonaron el campo sino después de haber sembrado la explanada con las tres cuartas partes de sus hombres… A la verdad, unos anchos fosos, una artillería excelente y perfectos soldados nos daban una gran ventaja; pero lo que contribuía a estimular el valor de cada uno, era que no había gracia que esperar del vencedor. Sin embargo, no se perdió ni un sólo hombre en el reducto, pues el enemigo no disparó (77). Lemonnier Delafosse, J. C.. Segunda campaña de Santo Domingo. Santiago: El Diario, 1946.

Con la debida advertencia, de que en la batalla relatada por Delafosse no hubo combate cuerpo a cuerpo; mientras que en la primera batalla por Santiago si la hubo. Puesto que la carga de los andulleros del capitán Fernando Valerio, se circunscribió en el bote de lanza y las cargas al machete, en la melé a la usanza del modo de guerra montero. Por ende, en los combates cara a cara siempre hay bajas en ambos bandos, incluso al despecho de las huestes vencedoras.

A este respecto, el historiador Sócrates Nolasco externaba que: en “…la guerra y en la política suelen ocurrir verdades infaustas que es prudente disimular porque el público no lo resistirá con entereza. Los dominicanos contaron siempre el número de los enemigos muertos en los combates. De nuestra parte sin novedad… (Nolasco 1968, 25)”. Lo dicho, por Nolasco va muy a tono con la frase lapidaria de Esquilo: “La verdad es la primera víctima de la guerra”.

Nolasco, Sócrates. Viejas Memorias segunda serie. Santo Domingo: Editora Caribe, 1968.

En conclusión, la victoria obtenida por las armas dominicanas en los reductos fortificados de la ciudad de Santiago, salvaron la República. Determinando, junto a las acciones victoriosas, del 13 y 15 de abril de 1844, en los desfiladeros de El Memiso y las aguas de la Bahía de Ocoa, el triunfo definitivo del esfuerzo nacionalista dominicano durante la primera campaña de la Guerra dominico-haitiana.

Autor Lic. Juan Carlos Pérez Montero M.A.

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