14 de septiembre de 2026

La impericia del brigadier Buceta y el inicio de la campaña del Cibao, durante la Guerra Restauradora

La designación por parte del capitán general de Santo Domingo, Felipe Rivero, del brigadier Manuel Buceta como gobernador de Santiago fue una decisión harto desastrosa que agravó el estado de efervescencia revolucionaria que experimentaba todo el Cibao debido a la actitud miope, racista represiva e impolítica del nuevo gobernador de Santiago. Sumado a la poca pericia operativa que demostró Buceta al hacerse de oídos sordos ante los sucesivos informes que recibió del jefe de la frontera, José Hungría, y de otros oficiales, los cuales le pedían de forma apremiante que se reforzara la Frontera. Sin embargo, la presencia del gobernador de Santiago en Dajabón, 15 de agosto de 1863, acompañado de una pequeña escolta; aceleró los planes de los patriotas restauradores, liderados por los generales: Santiago Rodríguez y Gaspar Polanco, los cuales fecharon el inicio de la revolución para el domingo 16 de agosto. Siendo los objetivos inmediatos de dicha insurrección: la toma del estratégico villorrio de Guayubín, lo que acaeció el 18 de agosto, y la captura vivo o muerto del nefasto brigadier Manuel Buceta, el cual escapó de forma harto milagrosa a la fiera persecución a la que fue sometido por Benito Monción, Pimentel y Gaspar Polanco; siendo rescatado el 22 de agosto de 1863, por la columna española que se había batido, el 21 de agosto de 1863, con las huestes revolucionarias en la barranca de Guayacanes. En definitiva, las milicias restauradoras habían eliminado en una semana la presencia militar hispana en la Línea Noroeste y la Frontera, concentrándose los contingentes españoles escapados de Sabaneta y otras poblaciones en la ciudad de Santiago, último baluarte de la presencia ibérica en el Cibao.

El miércoles 18 de marzo de 1863, el entonces presidente de la República Dominicana, el general Pedro Santana, anunció en un acto fastuoso, en la Plaza de Armas de Santo Domingo, la incorporación de la República al reino de España.

En esta tesitura, Pedro Ricart y Torres, ministro de Relaciones Exteriores de la extinta República, le informaba al capitán general de Cuba, Francisco Serrano, que:

…el Sr. General Santana participa a V.E. con esta fecha y en la misma ocasión, el fausto y glorioso acontecimiento que a los 8 de la mañana de hoy se ha consumado en esta capital, no quiero privarme del indecible gusto de comunicarlo a V. particularmente para felicitarlo y felicitarme a mí mismo, no ya solo por la importancia del suceso sino por la solemnidad, el orden, compostura y vivísimo con que por toda la población se ha celebrado (Ricart y Torres 2012, 72).

Ricart y Torres, Pedro. Carta de Ricart a Serrano en Anexión y Restauración P 1, César Herrera comp. Santo Domingo: Editora Búho, 2012.

El anuncio de la incorporación a España sorprendió a la población dominicana, sumiéndola en un completo estupor, lo cual fue interpretado por Santana y su claque social y política como una resignación del esfuerzo nacionalista ante los hechos consumados. Sin embargo, a mes y medio de anunciada la Anexión, afloraron los primeros conatos subversivos, los cuales fueron ahogados en sangre por la sevicia del caudillo del Seibo.

Los primeros movimientos de la revolución fueron la sublevación de José Contreras, el día 2 de mayo de 1861, en Moca y la expedición de Francisco Sánchez en las postrimerías de mayo por la frontera del Sur. El precio del primer movimiento, el de Moca, fue el cadalso de José Contreras, José María Rodríguez, José Inocencio Reyes y Cayetano Germosén; el patíbulo de Sánchez el precio del segundo movimiento de la Revolución Restauradora (Herrera 2012, 79-80).

Herrera, César. Anexión-Restauración P. 1. Santo Domingo: Editora Búho, 2012.

La crueldad con que fueron aplastados estos conatos nacionalistas llegó a su punto culminante con el fusilamiento del patricio Francisco de R. Sánchez, el 12 de julio de 1861; sumiendo al país en una paz cimentada en las bayonetas de los regimientos españoles que se habían acantonado en territorio dominicano. Empero, esta relativa calma precedía una furiosa tempestad, la cual mostraría sus primeros torbellinos de fuego en febrero de 1863.

Ese día 3 de febrero de 1863 tuvo lugar el ataque a la guarnición de Neiba por el patriota Cayetano Velázquez, preludió la sinfonía heroica que luego entonaron en Guayubín, Lucas de Peña, Norberto Torres, Polanco, Monción, Pimentel y Cabrera…se produjo la gran conmoción popular en Santiago de los Caballeros la noche del 24 de febrero (Herrera 2012, 85).

No obstante, estos movimientos subversivos adolecían de falta de organización y unidad de mando, por ello fueron neutralizados fácilmente por el esfuerzo represivo hispánico, el cual se cebó con los patriotas capturados; fusilando, el 17 de abril, a los “Mártires de Santiago”: Eugenio Perdomo, Pedro Ignacio Espaillat, Carlos de Lora, José Vidal Pichardo, Ambrosio de la Cruz, el general Antonio Batista y el coronel Pierre Thomas.

En consecuencia, ni los fusilamientos ni la amnistía ordenada por la reina Isabel II, el 27 de mayo de 1863, arredraron el espíritu nacionalista de Benito Monción, José Cabrera, Pedro A. Pimentel y otros adalides, los cuales se mantuvieron operando en las Lomas de David, Capotillo español y en el territorio haitiano. Por lo tanto, para darle unidad de mando a las partidas revolucionarias, estos patriotas se aglutinaron alrededor del prestigioso general Santiago Rodríguez. Quien coordinó con los prohombres de Santiago y el general Gaspar Polanco, el derrotero de la insurrección.

Otra baza que jugó a favor del esfuerzo de guerra restaurador fue la designación por parte del capitán general, Felipe Ribero Lemoyne, del brigadier Manuel Buceta como gobernador de la provincia de Santiago; en sustitución del general de ascendencia dominicana José Hungría. La designación de Buceta como gobernador de Santiago resultó harto desastrosa para los intereses de España en la provincia de Santiago debido a la falta de golpe de vista y la actitud impolítica y supina del brigadier antes mencionado.

Uno de los mayores desaciertos del general Rivero fueron aquellos nombramientos en que, privando a España de un hombre como Hungría que sabía mantener la paz en el Cibao, lo entregó a quien carecía de dotes y condiciones personales para la misión que se le confiaba dando lugar a que España perdiera para siempre el interior del territorio más importante de Santo Domingo (López Morillo 1983, 137).

López Morillo, Adriano. Memorias sobre la segunda reincorporación de Santo Domingo T. I Libro Segundo. Santo Domingo: Editora Corripio, 1983.

En consecuencia, la actitud obstinada e intolerante del brigadier Buceta facilitó los planes subversivos de los líderes restauradores, puesto que el citado oficial peninsular desoyó de manera empecinada los preocupantes informes que le remitían desde la Frontera los oficiales acantonados en la misma.

El señor Daza, capitán de la compañía de cazadores de San Quintín recibió la confidencia por dos dominicanos que regresaban de la emigración de que los españoles debían redoblar su vigilancia, pues que en territorio haitiano se habían distribuido mil fusiles y que por el interior de aquella república se alistaban hombres con el fin de invadir a mano armada la parte española, y por último que todos los que regresaban a sus casas se habían juramentado para por todos los medios posibles hacer triunfar la revolución (González Tablas 1974, 126).

González Tablas, Ramón. Historia de la dominación y última guerra de España en Santo Domingo. Santo Domingo: Editora Santo Domingo, 1974.

El peligro que se cernía sobre las guarniciones españolas acantonadas en Sabaneta, Beler, Guayubín, Escalante y Montecristi determinó que el teniente coronel Velasco convenciera a Buceta de la imperiosa necesidad de proyectar hacia la frontera una columna militar respetable. El jueves 6 de agosto de 1863, el teniente coronel Velasco marchó, hacia Dajabón, “…con todo su batallón de la Corona, fuerte de unos 580 veteranos endurecidos por las marchas; 100 caballos de África y dos piezas de campaña (López Morillo 1983, 176)”. Sin embargo, el brigadier Buceta cambió de parecer, y en la noche de ese mismo día, por medio “…de una pareja de caballería que envía a Navarrete ordena a Velasco que siga con su batallón a Puerto Plata y que la caballería y la artillería regresen a Santiago (López Morillo 1983, 175)”. Esta desacertada decisión selló la suerte de todas las guarniciones españolas acantonadas en la Frontera. Las cuales, con la excepción de las guarniciones de Sabaneta y Beler, fueron exterminadas por el ímpetu arrollador de las huestes restauradoras.

No obstante, pautó, para el miércoles 12 de agosto, apersonarse a la Frontera a inspeccionar las guarniciones e intuir la problemática que le informaban sus subalternos. Agravando su situación la humillación a que sometió al general de división Gaspar Polanco, el cual había servido, hasta ese momento, lealmente a las autoridades españolas. Esta desconsideración a Polanco y su poco pensado viaje de supervisión aceleraron los planes revolucionarios.

Hacia dos días que Polanco había llegado a Santiago, celebrando el mismo día de su llegada una conferencia con Buceta entrevista que resultó un desastre. Buceta no atendió las observaciones que Polanco le hizo para demostrarle que revolución estaba próxima a estallar tratándole con dureza…el brigadier perdió la calma, con él era frecuente, y su lengua se agitó si consideración a nadie…Esto resultó con Polanco, que en el acto marchó a entenderse con los patriotas, ofreciéndoles su persona y gente para restaurar la antigua nacionalidad… (López Morillo 1983, 178)

El sábado 15 de agosto, los jefes restauradores ultimaron los planes del levantamiento dictaminándose, que el teniente coronel Benito Monción rompiera las hostilidades, el domingo 16 de agosto de 1863, atacando las tropas españolas acantonadas en Beler y, al mismo tiempo, cortarle el paso al brigadier Buceta, que en esos momentos se encontraba en Dajabón.

En esta tesitura el general restaurador Benito Monción aducía que:

Me amaneció en los “Cerros de las patillas” á vista de Dajabón i mui próximo al campamento español de “Belair” “Fuerte Belair”. Levante en una altura la bandera dominicana, de manera que viesen los españoles; seguramente la vieron, puesto que nos hallábamos mui cercanos. Pero no ejecutaron ningún acto hostil contra nosotros, sino que emprendieron la marcha, tomando al parecer la dirección hacia Guayubín…advertido Pimentel, por sus espías, del camino que llevaban se preparó á aguardarlos en el paso del arroyo “Macabón” donde como á las nueve ó diez de la mañana les rompió fuego de frente mientras yo lo atacaba por retaguardia…aunque forzaron el paso…cambiaron el camino de Guayubín por el de “Castañuelas” dirección esta para ir a Montecristi. La columna constaría por lo menos, de cien hombres, i llevaban de jefe al brigadier Buceta (Monción 1902)

Monción, Benito. De Capotillo a Santiago. Santo Domingo: Listín Diario, 1902.
Para evitar que las huestes de Monción fueran atacadas por la retaguardia por la columna de Hungría, una segunda partida “…a las órdenes del General Ignacio Reyes, con Cabrera y Rodríguez, se dirigió al encuentro del General José Hungría que salió de Sabaneta para dispersar la partida de Capotillo, encontrándose con los revolucionarios en Los Almácigos (Luperón 1974, 126)”. Este enfrentamiento devino en la derrota de Hungría y su posterior persecución hasta San José de las Matas, donde pudo evadirse y replegarse hacia la ciudad de Santiago.

Luperón, Gregorio. Notas autobiográficas y apuntes históricos T. I. Santo Domingo: Editora Santo Domingo, 1974.

Por lo visto, la incipiente revolución restauradora desbordó las capacidades de mando del brigadier Buceta, su impericia en el mando favoreció grandemente el esfuerzo de guerra restaurador. Pues, en vez de aglutinar los diseminados regimientos españoles, para enfrentar la amenaza, se dirigió e a Estero Balsa en plena ofensiva restauradora. Esta decisión fue fatal para los disgregados defensores españoles. Puesto que, a su regreso, el martes 18 de agosto de 1863, “…la guarnición de Guayubín fue atacada por los rebeldes en número considerable. El resultado de esta operación fue el quedar muertos la mayor parte de los que la componían y desaparecidos los demás (Rivero 1963, 33)”.

Rivero, Felipe, Oficinas del Capitán General . Diario de Guerra en Diarios de la Guerra dominico-española de 1863-1865. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1963.

En conclusión, las órdenes desafortunadas y poco razonadas, dictaminadas por Buceta, posibilitaron la destrucción del dispositivo defensivo español en la Línea Noroeste y la Frontera. Sumando a su estela de desaciertos, la destrucción de una columna de cuarenta soldados al mando del teniente Balaguer, la cual iba de forma retrasada a reforzar la guarnición de Guayubín; y la su propia escolta en su evasión irracional, aunque valerosa, hacia la ciudad de Santiago. La designación de Buceta como gobernador de Santiago fue una bendición para los patriotas restauradores; en cambio, para los soldados españoles, Buceta, fue un hado maléfico que los persiguió hasta el repliegue a Puerto Plata.

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