La batalla de la Sabana Real de la Limonade y la advocación de la virgen de La Altagracia
La batalla de La Limonade, acaecida el domingo 21 de enero de 1691, se saldó en un resonante triunfo logrado por las milicias hispano-dominicanas en contra del esfuerzo defensivo desplegado por el gobernador francés Monsieur de Cussy y segundo al mando, el teniente del Rey, Monsieur de Franquesnay, los cuales perecieron en el fragor del combate. En consecuencia, la derrota estrepitosa, sufrida por las huestes filibusteras galas dejó desguarnecida la estratégica ciudad de Cabo Francés, la cual fue saqueada y quemada por las tropas al servicio de la corona hispánica.
En este combate se enfrentaron dos modos de guerra: el esgrimido por los filibusteros franceses y el empleado por los monteros y peones hispano-dominicanos. El modo de guerra filibustero, estaba matizado por descargas de fusilería y desordenadas cargas al arma blanca; en cambio el modo de guerra montero, utilizaba las ventajas del terreno para camuflarse y atacar, en lo más álgido del combate, al bote de la lanza larga y la lanza desjarrretera. Empero, la primera fase de dicha batalla, estuvo caracterizada por un combate convencional a estilo europeo, donde los franceses avizoraban la victoria. Sin embargo, tras dos horas de combate, entraron en acción los lanceros del capitán santiaguero Antonio Miniel; los cuales, tras un ataque sorpresivo desde los flancos, destruyeron el centro francés e inclinaron la victoria hacia el esfuerzo de guerra español.
En el ámbito social y religioso, los monteros del Este que lucharon y sobrevivieron a la melé de La Limonade, levantaron en acción de gracias por la victoria, una ermita a la virgen de La Altagracia en la villa de Higuey. Lo cual, dio origen a la romería que secularmente hacen los dominicanos, todos los 21 de enero, a la Basílica de dicha ciudad. Incluso, la primera ofrenda que se le hizo a la virgen de La Altagracia fue el machete con que se cercenó la cabeza del gobernador franco Monsieur Tarín de Cussy. Y es por ello, que un historiador de la altura del teniente general ® José M. Soto Jiménez ERD, denomina a la Altagracia, como: “la virgen de los macheteros dominicanos”.
En el contexto geopolítico, esta lid se enmarca en la Guerra de los Nueve años, 1688-1697, en la que el reino de España participó como miembro de la Liga de Augsburgo, en contra de las pretensiones imperialistas de la Francia de Luis XIV.
El diferendo sobre la línea divisoria entre el enclave francés de Saint Domingue y el Santo Domingo Español, mantuvo a ambas colonias en un permanente estado de guerra. Este permanente estado de efervescencia se recrudeció, en 1688, con “…la ruptura de hostilidades con que se dio fin, poco años después de pactada, a la tregua de Ratisbona1”
En consecuencia, la entrada del reino de España en la Guerra de la Liga de Augsburgo, 1688-1698, le dio al gobernador de Saint Domingue Mr. Tarín de Cussy la escusa pertinente, para ultimar los preparativos para atacar la villa española de Santiago de los Caballeros. Aunado esto, con la orden recibida por de Cussy, de parte de la corona francesa, de invadir el territorio español.
En esta tesitura, Antonio del Monte y Tejada transcribe, en su libro “Historia de Santo Domingo Tomo Tercero”, el despacho del Rey, recibido por el gobernador de Saint Domingue, en el cual le preceptuaba que:
Teniendo el rey más que nunca a la mira el proyecto de apoderarse del territorio español podréis creer que no ejecutéis en la vida una empresa más grande y contad que si lo conseguís obtendréis la gracia de Su Majestad, con el Gobierno de la Colonia que os será concedido; y así se os previene informáis de las medidas que se hayan tomado sobre el asunto.
Con la orden expresa de la corte francesa, el gobernador de Cussy se aprestó a acopiar tropas y suministros para proyectar un puño ofensivo contra la villa de Santiago de los Caballeros. Para ello, reunió una hueste compuesta por habitantes y filibusteros veteranos curtidos en el pillaje y el combate cuerpo. Pasándole revista en Puerto de la Paz a “…su ejército compuesto por 400 caballeros, 450 infantes y 150 negros destinados a llevar los equipajes y los caballos de mano3”. Tarín de Cussy y su Estado Mayor partían de supuestos, de que la incursión en territorio español iba a ser un paseo militar y que el esfuerzo defensivo hispano-dominicano se desmoronaría debido a que las milicias tenían varios meses sin recibir el pago por sus servicios.
El 28 de junio de 1890, inició el ejército francés su marcha hacia Santiago de los Caballeros. Siendo detectada dicha fuerza, por los centinelas españoles, el 1 de julio, a orillas del río Guayubín. Lo que posibilitó que los defensores de Santiago, organizaran una emboscada, el día 6 de julio, en el desfiladero de La Herradura. Donde estuvo a un tris de perderse el esfuerzo de guerra francés.
Tal como lo evidenciaba, del Monte y Tejada al afirmar que:
Pasaron el río el día 6 y de repente se vieron acometidos por el costado en un lugar llamado la Herradura, y que desde entonces conserva el nombre de la Emboscada. El acontecimiento fue horroroso: de una y otra parte se peleó con valor, hasta poner en grave conflicto a M. de Cussy que mandaba el centro muriendo muchos oficiales. Era el lance tan empeñado, que a veces tenían los fusileros que recular algunos pasos para poder asestar sus tiros.
Como hemos visto, el uso eficiente de las condiciones del terreno y lo sorpresivo del ataque de las huestes monteras hispano-dominicanas, emboscadas, no frenó el avance de las fuerzas francesas, las cuales entraron a la villa de Santiago de los Caballeros, sin encontrar resistencia. Empero, el fiero combate del desfiladero de La Herradura convenció a de Cussy, de que necesitaba más tropas para conquistar la colonia española de Santo Domingo, puesto que, en la lid citada, dos “…oficiales y cuarenta hombres fueron muertos”.
Incluso, el alto cargo francés oteó que el número de tropas que tenía era harto insuficiente para conservar la ciudad de Santiago. Decretando su incendio y posterior abandono, el 7 de julio de 1890. Argumentando el temor de que las crecidas de los ríos Yaque del Norte y Mao, cortaran sus líneas de suministros. Replegando sus tropas, hacia territorio francés, sin ser hostigado por las milicias hispano-dominicanas. Desmovilizando, ulteriormente, su mesnada, el día 15 de julio.
La vendetta, por parte de la monarquía hispánica, no se hizo esperar tocándole al gobernador don Ignacio Pérez Caro, almirante de la real armada de Barlovento, organizar el esfuerzo de guerra contra el enclave francés de Saint Domingue.
En este tenor, José G. García documentaba que:
En esa virtud, formada la base del cuerpo expedicionario por las tropas de línea que al efecto mandó de México el virrey don Gaspar de Sánchez silva y Mendoza, conde de Galves, incorporó en él a más de los mosqueteros pagados, los batallones aguerridos de la milicia del país, armados unos con fusiles y otros con lanzas, los mejores escuadrones de caballería, y el resto de la fuerza disponible del presidio, confiando el mando en jefe, como cabo principal y general del ejército, por real acuerdo formado con los ministros de la audiencia, al maestre de campo don Francisco de Segura Sandoval y Castilla, capitán general que había sido de la colonia, donde parece que tenía fijada su residencia, quedando todo dispuesto para llevar a cabo la operación proyectada en los primeros días del mes de enero de 1691.
La organización de la expedición punitiva contra el enclave colonial francés tardó dos meses. Determinándose que dicho puño ofensivo marcharía hacia Saint Domingue en dos ejes de avance: el primero, se aproximaría por la costa norte y estaba compuesto por seis buques, que desembarcarían 1700 hombres en las playas de Bayajá; el segundo, estaba integrado por aproximadamente ochocientos hombres, los cuales se desplazarían hacia la ciudad de Cap. Francais, Guárico, por tierra.
Según el sacerdote jesuita Charlevoix, los franceses pudieron “…a lo sumo reunir mil hombres y los españoles tenían más de tres mil…7”. Es decir, que el ejército español superaba a las huestes reunidas por Tarín de Cussy en una proporción de tres a uno. Por consiguiente, fue un error operativo del gobernador francés el aceptar la opinión del teniente del Rey, Monsieur de Franquesnay, de encarar a las tropas hispano-dominicanas en combate convencional, en una sábana extensa.
A las 09:00 horas del domingo 21 de enero de 1691 se enfrentaron ambos contendientes en el campo de muerte de La Limonade. Con su habitual bravura las huestes filibusteras, cargaron contra las formaciones hispano-dominicanas, rememorando sus antiguas correrías bajo el mando de capitanes corsarios de la altura de Laurent de Graaf y Grammont. Nivelando, a pesar de la superioridad española en hombres, el esfuerzo combativo por dos horas.
Sin embargo, el ímpetu ofensivo desorganizado del modo de lucha filibustero, fue aprovechado por el capitán de milicias Antonio Miniel quien atacó de forma sorpresiva, y desde los flancos, el desguarnecido centro del ejército francés, destruyéndolo; pereciendo en este ataque el gobernador de Cussy y Monsieur de Franquesnay. Determinando, esta maniobra táctica, la victoria a favor del esfuerzo de guerra hispano-dominicano.
En este tenor Charlevoix afirmaba que:
…un oficial español, dándose cuenta de que sus fusileros ya no podían sostener el fuego de los filibusteros y comenzaban a ceder, hizo una señal con su sombrero para hacer levantarse a 300 lanceros, que estaban tenidos de vientre y que cargaron con tanta furia sobre nuestra gente, que rompieron el centro después de un duro combate. Entonces encontrándose separadas las dos alas, la. mayoría tomó la fuga y no quedó sino un grupo de los más valientes en torno a los señores de Cussy y de Franquesnay, que hicieron prodigios de valor. El gobernador sobre todo se distinguió de manera sorprendente…Había recibido un golpe de arma de fuego en el cuerpo y se encontró en medio de seis lanceros, contra los que se defendió con…intrepidez…mató a dos de ellos…partió luego la cabeza a un tercero, con su pistola; por fin atravesado de lanzas cayó muerto junto a sus valientes, entre los cuales estaba Franquesnay.
En conclusión, la derrota estrepitosa sufrida por huestes francesas y la muerte en combate de sus principales autoridades, dejó desguarnecida la ciudad de Cabo Francés, la cual fue saqueada y posteriormente incendiada. No hubo cuartel para los hombres que caían prisioneros. Todo combatiente, o colono, galo que caía en manos de los hispano-dominicanos era ejecutado. Sin embargo, las autoridades españolas no tenían la intención política de conservar el territorio usufructuado por los franceses, puesto que posteriormente al saqueo e incendio de Cap. Francais, las huestes hispanas fueron replegadas hacia los dominios españoles. En consecuencia, la victoria de las armas hispano-dominicanas en la sabana Real de La Limonade se enmarca en una mera vendetta, una simple acción punitiva, sin mayores resultados.
No obstante, la gloria militar obtenida en las sabanas de Guárico, La Limonade, propició que los monteros y hateros de la región oriental del Santo Domingo Español, levantaran, una ermita en la villa de Higuey, en acción de gracias, a la Virgen de La Altagracia. Iniciándose con los veteranos de esta memorable acción de armas la romería mariana hacia la ermita de Higuey.
El teniente general® José M. Soto Jiménez cita, en su libro “Los Motivos del Machete”, un documento, de la época colonial, encontrado por el historiador Fray Cipriano de Utrera, donde se registra que la primera ofrenda ofrecida a La Altagracia fue el machete con que cercenaron la cabeza del gobernador francés Tarín de Cussy.
Relatando el citado documento que:
…los dominicanos agradecidos de la Virgen, “porque habiéndola invocado en lo más recio de la pelea, derribaron aquellas cabezas enemigas a golpes de machete, acudieron presurosos al Santuario de Higuey y con aquel pueblo creyente hicieron voto de celebrar perpetuamente una misa con novenario en acción de gracias, y en prenda material de aquella fe que ardía en sus pechos, depositaron en el altar de la santa imagen el arma que tajo la cabeza más engreída y poderosa de sus enemigos”.
De lo que se desprende, que la advocación altagraciana, nace del espíritu guerrero, creyente y fervoroso de los monteros hispano-dominicanos, los cuales usaban en batalla las mismas técnicas e implementos que utilizaban en la caza del ganado y los cerdos cimarrones. Siendo las lanzas largas, las desjarrreteras y el machete, sus principales divisas. Y es por ello, que Soto Jiménez denomina a la Altagracia, como la Virgen de los Macheteros.
Autor: Lic. Juan Carlos Pérez Montero, M.A.
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