Don Rodrigo Pimentel y su impronta corrupta durante el siglo de la miseria
«No ay mas Ley ni mas Rey que Don Rodrigo Pimentel» Dicho popularizado en aquella época.
El capitán y regidor don Rodrigo Pimentel, fue tras bambalinas, la persona más poderosa de la colonia de Santo Domingo, durante treinta y dos años, 1651-1683. En este periodo de tiempo manejó la vida política y económica dominicana por medio del soborno, la intriga y el terror. Dominando por medio de sus personeros: la Gobernación, la Real Audiencia, el Cabildo y el Arzobispado de Santo Domingo. Logrando acaparar (por medio de prácticas agiotistas, el robo de fondos públicos y el contrabando) una fortuna valorada en más de 850,000 pesos, de la época. Gozando dicho personaje de una completa impunidad, como lo demuestran las innúmeras acusaciones de las que fue objeto y la facilidad con que sorteó con éxito la justicia Real, evitando el exilio a perpetuidad y la confiscación de sus bienes.
El contexto geopolítico que rodeaba el decadente imperio español de los Austrias Menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II), sumió la colonia de Santo Domingo durante todo el siglo XVII en la más abyecta miseria. La destrucción y despoblación de los pueblos de la banda norte de la Isla, 1605 y 1606, para evitar: el comercio intérlope, y la interacción religiosa, con las naciones europeas enemigas de España; unidas al monopolio férreo ejercido por la Casa de Contratación de Sevilla, desarticularon el aparato productivo de la Colonia.
Condenando a la sociedad dominicana de entonces a depender de las remesas erogadas de las cajas reales de la Nueva España y Panamá. Empero, dichas remesas, situados, se retrasaban hasta tres años y cuando se ordenaba su búsqueda, a los conductores de caudales, eran recortadas a placer por los generales de galeones de la Armada de Barlovento. O en su defecto, robadas en el tránsito a Santo Domingo, por los piratas que infectaban las costas de la Isla.
Expandiéndose la miseria y el desamparo en todo el cuerpo social de la Colonia. En consecuencia, los terratenientes, la iglesia, los soldados del presidio y el habitante común fueron sumidos en una miseria atroz; debido a la desidia, la corrupción e incapacidad de las que adolecían: tanto, los validos que asesoraron sucesivamente a los declinantes Austrias Menores, como los gobernadores designados para regir el enclave de Santo Domingo.
Sin embargo, esta condición de pobreza generalizada entró en colusión con la expansión del escenario europeo de la Guerra de los Treinta años, 1618-1648, a las aguas del Caribe. Deviniendo ambas situaciones en causas recurrentes, para que una burocracia militar dominara, por medio de la corrupción y el tráfico de influencias, la vida política, social y militar de la Colonia.
En lugar de los antiguos y poderosos dueños de ingenios que controlaban todos los aspectos de la vida local, iba surgiendo una élite militar compuesta por hombres venidos de otras partes de las Indias y dirigida por un presidente y Capitán General que también era llegado de otras partes y que la experiencia demostraba que su poder, era prácticamente absoluto… ellos eran la nueva fuente de riqueza para los comerciantes, pues una parte del dinero que llegaba con el situado desde México se convertía en salarios y era gastado por los soldados en la compra de artículos de consumo necesarios…En general, cuando los sueldos llegaban se esfumaban rápidamente, pues tanto los soldados como los burócratas, como los religiosos que recibían salarios de las cajas reales vivían endeudados… (Moya Pons 1974, 148).
Moya Pons, Frank. Historia colonial de Santo Domingo. Barcelona: Industrias Gráficas M. Parejas, 1974.
Es en esta coyuntura, que surge la figura de don Rodrigo Pimentel quien había colgado los hábitos en 1647 y bajo la protección del gobernador Juan Melgarejo Ponce de León, inició su carrera como burócrata militar; siendo nombrado, por dicho gobernador, teniente de capitán general.
Aunque en su primera juventud recibió las ordenes menores y siguió estudio hasta graduarse en la Universidad de Santo Tomás de Aquino pronto abandonó la carrera eclesiástica y la de las letras por la de las armas. Pero más que militar es un político afortunado (Nolasco julio-diciembre 1948, 131).
Nolasco, Flerida de. «El capitán Don Rodrigo Pimentel.» Clío N. 82, julio-diciembre 1948: 131-137.
Por consiguiente, es en 1651 que el referido capitán Rodrigo Pimentel llegó a controlar por medio del nepotismo, la vida política, económica y social de Santo Domingo. Utilizando las principales instituciones de la Colonia como meros instrumentos que salvaguardaban sus negocios espurios.
En esta tesitura, (Peña Pérez 1985) documentaba que:
En 1651 se había convertido en el dueño y señor de la vida política de la colonia. Fue el jefe indirecto de la Real Audiencia, de la iglesia, de las órdenes religiosas y de cabildos. Se hizo nombrar gobernador de Cumaná en Venezuela; logró que el gobernador Francisco Pantoja de Ayala pusiera como contador de la Real Audiencia a Álvaro Pimentel, hermano suyo; el oficio de castellano de la fortaleza lo tenía el regidor Juan de la Vega “casado con una prima suya”; gobernaba el cabildo eclesiástico, al ser deán de la catedral otro hermano suyo. Durante el gobierno del conde Félix de Zúñiga, por 1657, consigue que éste nombre como contador de la Real Audiencia a Alonso Jaques Carvajal, marido de su hermana; y escribano público a Francisco Facundo Carvajal hermano bastardo del contador. En fin, Rodrigo Pimentel era el hombre más temido en toda la colonia, y por eso podía convivir con las mujeres de altos funcionarios, sin que siquiera pudiera llamarle la atención el arzobispo Francisco Pío y Tellez (249-250).
Peña Pérez, Frank. Cien años de miseria en Santo Domingo 1600-1700. Santo Domingo: CENAPEC, 1985.
Como hemos dicho, el poder político acumulado por don Rodrigo Pimentel, le posibilitó dominar absolutamente la vida económica de la Colonia; Puesto que, manejaba el situado, traído desde México, como dinero suyo. Monopolizaba el comercio de ropas, vinos, carne y otros productos en Santo Domingo. E incluso, controlaba ilícitos como el contrabando y las muertes por encargo.
Tal como lo evidencian las cartas remitidas, el 19 septiembre 1657, al rey Felipe IV por parte de don Bernardo Figueroa, el oidor de la Audiencia Amyleta y don Juan de Boneo; las cuales contenían las declaraciones de don Juan Chacon, quien atestiguaba que:
…por horden de Don Rodrigo Pimentel y del dicho Francisco Facundo se ajustan las auenencias de todo lo que se a de dar al conde presidente de los nauios y embarcassiones extrangeras que entran en el puerto=el es el que rreciue los cohechos el que saca las licencias para las arriuadas en el puerto de Santo Domingo de los nauios extranjeros de ingleses olandenses franceses y otras naciones=el es por cuya quenta corre todo y se compran las mercadurías de nauios para el conde presidente y por quien se bueluen a rreuender y en cuyas cassas se meten las mercadurías de noche por alto y el que es causa de defraudar los derechos de las caxas reales=el es el que quita y pone los oficiales reales y el que saca y aprouecha del dinero de las caxas reales y con el mismo gana trescientos por ciento=el es que comete assasinatos y hace heridas aleuosas y tiene preuenidos esclavos para este efecto= (Figueroa y Boneo 1995, 15-16).
Figueroa, don Bernado, y Amyleta y don Juan de Boneo. Autos contra don Rodrigo Pimentel 1658-1660, comp. Cesar Herrera. Santo Domingo: Editora Taller, 1995.
Era tan alto el grado de pobreza e indefensión en que la apolillada superestructura colonial española, tenía sumida a Santo Domingo, que durante la invasión de Penn y Venables, en abril de1655, el usurero Rodrigo Pimentel tuvo que donar “…7000 pesos como ayuda a
la campaña y prestó ocho esclavos para que prestaran su servicio en la fortificación de la ciudad. Pero no se dice que el capitán Rodrigo Pimentel estuviera personalmente en campaña (F. Nolasco 1982, 269)”.
Nolasco, Flerida. Vibraciones en el tiempo días de la colonia . Santo Domingo: Editora Corripio, 1982.
No obstante, a pesar de haber contribuido en forma pecuniaria con la derrota de la armada inglesa, enviada por Oliverio Cromwell; don Rodrigo Pimentel, cabildeó el retiro de la guarnición acantonada en la Isla Tortuga. Siendo dicha ínsula reconquistada por el gobernador interino Juan Francisco Montemayor y Cuenca, tras derrotar a los aventureros franceses, en 1654. Pimentel, en pos de sus intereses mercuriales, tomó partida a favor del gobernador don Bernardino Meneses y Bracamonte quien estaba abocado a desmontar las labores defensivas llevadas a cabo por Montemayor y Cuenca.
En la consulta promovida por D. Bernardino Meneses en junio de 1655 votaron contra Montemayor de Cuenca todos los consultados. El cabildo, justicia y regimiento de la ciudad; el Deán y Cabildo Eclesiástico de la ciudad; el Arzobispo, los Oidores, D. Rodrigo Pimentel, cínico y derrotista, prototipo en su opinión de falta de fe e inconsecuencia; los militares, con excepción de Álvaro Garabito, Baltazar Calderón y Gabriel de Rojas Valle Figueroa, que sometieron su opinión favorable al desmantelamiento a condiciones que envolvían la desaprobación de una medida inmediata e impremeditada (Peña Batlle 1988, 200).
Peña Batlle, Arturo. La isla de La Tortuga. Santo Domingo: Editora Taller , 1988.
La retirada de las tropas que reguardaban la Tortuga, posibilitó que filibusteros franceses e ingleses que pululaban por las aguas del Mar Caribe, iniciaran de forma inmediata su recolonización, manteniendo dicho enclave colonial de manera permanente.
El abandono de la isla Tortuga en junio de 1655, marcó el declive de la monarquía hispánica en el Caribe. Por tanto, el contubernio entre el gobernador don Bernandino Meneses y el usurero Rodrigo Pimentel, en conjunción con la impericia manifiesta del rey Felipe IV, y su valido Luis Méndez de Haro; determinaron que la monarquía hispánica cediera su preeminencia como actor geopolítico de primer orden, en el archipiélago antillano, a potencias emergentes, como Francia e Inglaterra.
En conclusión, la preponderancia y manifiesta impunidad con la que se manejó el usurero Rodrigo Pimentel fueron evidencias palpables de la corrupción, el desorden e impericia que agobiaba el imperio de los Austrias Menores. Puesto que, el mencionado regidor y burócrata militar, afrontó tres juicios condenatorios y pudo por medio de tratativas non sanctas, evadir la justicia imperial. Manteniendo hasta su muerte, en 1683, un dominio absoluto sobre la vida económica y las instituciones que regían la Colonia. Acumulando una fortuna de más de 850,000 pesos de la época. Siendo, en consecuencia, ensalzado por el arzobispo Fernández de Navarrete, en carta al Rey, como “…Señor, padre de la patria y gran servidor de V. M… (F. d. Nolasco julio-diciembre 1948, 137)”. Por lo antes referido, las loas al corrupto impune es una costumbre de larga data en la sociedad dominicana. Y más cuando estos personajes están resguardados por el poder, la fortuna y las grandes donaciones a la Iglesia.
Autor: Lic. Juan Carlos Pérez Montero M.A.







